domingo, 27 de febrero de 2011

ÁNGELES DE LA NATURALEZA


Silfos: Son espíritus naturales del aire. Su estatura es más bien por debajo de la estatura humana, pero son muy humanos en cuanto a la forma, aunque asexuados.
Se divierten intensamente, en grupos de dos o tres, viajando por el cielo a gran velocidad. En su júbilo hay cierta fiereza cuando se llaman unos a los otros; sus gritos resuenan como el silbido del viento, recordando a las valkirias de la ópera homónima de Wagner. Sin embargo, esto es una ilusión producida por las fuerzas que fluyen a través de su auras.
Predominan pálidos matices color rosado y azul-celeste, mientras en torno a sus cabezas se pervive una luz radiante de muchas tonalidades.
Los rostros de estas criaturas astro-mentales del aires se parecen a las extrañamente bellas pero feroces amazonas, fuertes, vitales y controladas a pesar de su abandono aparentemente indiferente. Sus movimientos a través del aire son muy rápidos, pues parecen recorrer distancias entre 16 a 24 Km. en un instante.
Los silfos de las tormentas son oscuros y horribles, de apariencia muy similar a la de grandes murciélagos que se desplazan con rapidez. Se proyecta hacia atrás y hacia delante por el valle de Wythburn; a veces siguen muy de cerca la conformación de la colinas. Parecen estar en un estado de gran excitación y dan la impresión de intensificar las condiciones eléctricas y magnéticas características de una tormenta.
Sus rostros son humanos y plenamente formados, aunque su expresión es claramente desagradable. Profieren un ruido extraño, como un chillido, y ocasionalmente te lanzan verticalmente hacia arriba, traspasan las nubes y reaparecen por encima de éstas.
Transcribiré un comentario hecho por G. Hodson en su libro Reino de los Dioses, sobre la Gran Tormenta de Londres del 10 de Julio de 1923:
“Indescriptiblemente demoníacos y terroríficos son los seres que, en lo alto de las regiones aéreas, se ven regocijándose con la furia de la tormenta cuando los mellados destellos del relámpago y el ensordecedor rugido del trueno prosiguen hora tras hora durante la noche. Su apariencia es algo parecida a la del murciélagos gigantescos. Sus cuerpos son de forma humana, pero no es un espíritu humano el que brilla a través de esos ojos grandes, rasgados hacia arriba. Su color es oscuro como la noche, roja y flamígera el aura que los rodea, dividiéndose en dos enormes alas detrás de la forma central. El “cabello” corre hacia atrás, desde la cabeza, como lenguas de fuego. Miles de seres, de quienes ésta es solo una deficiente descripción se regocijan con la potencia de la tormenta. El choque de las fuerzas poderosas produce en ellos una intensa exaltación de la conciencia a media que se elevan, se mecen, se proyectan, giran y se lanzan con velocidad, intensificando aparentemente las fuerzas de la tormenta que parecen corporizarse en ellos.
“Detrás y encima de ellos, en el corazón mismo de la tormenta, hay uno junto al cual los elementales de la tormenta y la desintegración no son sino murciélagos que revolotean. Allí, en medio de todo eso, se verá uno de los grandes Devas de los elementos, de forma humana, pero de belleza, majestuosidad y energía como la de un excelso superhombre. El conocimiento de esta presencia inspiró valor y calma cuando, precisamente antes que un relámpago hendiese los cielo con una cinta de fuego, uno de los seres oscuros pareció lanzarse con violencia hacia abajo, y por un instante mecerse amenazadoramente, muy cerca, encima de nosotros. Los ojos funestos, que brillaban con frenesí, estaban fijos en la tierra abajo. Por una fracción de segundo se conmovió la conciencia detrás de esos ojos, produciendo una sensación de vértigo y terror tales como nunca los experimenté desde los días y las noches de la Primera Guerra Mundial.
“Sometido a esta prueba, comprendí el valor de mis experiencia bélicas, pues automáticamente la voluntad venció al miedo y aquietó el temblor del cuerpo, producido por la visión y el ensordecedor estampido del trueno con que se acompañaba. Luego, el oscuro espíritu de la tormenta se alejó velozmente, prorrumpiendo en su peculiar grito extraño, exultante, que no era de esta Tierra y resultaba continuamente audible a través de la tempestad.
“En medio de todo este alboroto había un equilibrio calmo e inconmovible, un poder reconocido, incluso por estas legiones indómitas. No podrían ir más allá de cierto límite, pues siempre estarían controladas por la voluntad del Señor de la Tormenta, supremo gobernante de las fuerzas elementales”

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